En un lugar sombrío, con matices grises y engranes de fondo; una sociedad mecanizada, mismas ropas, mismas ideas, mismos cuerpos sin alma; instrumentos de un ente superior codicioso, omniprescente y vengativo; un cuento en el que los héroes no existen, y el final está lejos de ser feliz.
Esta es la idea que me transmite la obra de George Orwell, 1984. Un mundo estrictamente cuadrado, insípido, carente de color y libertad. El autor nos transporta a una sociedad en la que pensar por sí mismos es penado, en la que todo aquello que nos hace humanos, como las ideologías, creencias, acciones y hasta los sentimientos, se encuentran reglamentadas; un lugar en el que no existe la expresión y mucho menos la individualidad, dónde todo aquello que se hace o se piensa es monitoreado de manera permanente por "El Gran Hermano", el padre, el dador, ese ser que se teme y se adora al mismo tiempo, con repudio y admiración.
Winston - el personaje principal - encarna el cambio, la rebelión, aunque en una manera discreta, siempre consciente del constante acecho del gran opresor; disfraza su agudeza y se camuflajea entre la sociedad de los sometidos, mientras que sólo en la infinita dimensión de su pensamiento se cuestiona y se lamenta por no poder desprenderse de ese entorno enfermizo.
Aquel cuento ficticio de 1984 ha dejado las páginas para plasmarse en la realidad del 2012, somos presas de la globalización, fiel audiencia del espectáculo del consumismo, actores sociales de una comunidad apacible y enajenada, retomando un concepto de la obra de Orwell, somos seres vaporizados, pues en el libro se refiere a aquellos que en un intento de alzar la voz y quitarse las cadenas de la opresión, eran exterminados casi por arte de magia, sin dejar huella alguna de su existencia, nadie le gana al sistema. Yo, por otro lado, encuentro a los vaporizados del 2012 en todas esas personas que se han dejado envolver por las masas, perdiendo su identidad y dejando de lado ese espíritu innovador y creativo, esa sed de aprendizaje y cultura, lo que les hacía diferentes el uno del otro se ha esfumado, y con ello han dejado de existir. Otro de los conceptos que considero importante rescatar es el de "crimental" es decir, un crimen mental, como ya había mencionado, inclusive aquellos que se atrevieran a pensar en contra de la ideología de El Gran Hermano eran acusados de conspiración y al representar una amenaza, eran exterminados. Lo cuál me lleva a preguntar cuántos crimentales hay hoy en día, quiénes se atreven a quitarse esas telarañas que la televisión, el gobierno y la ignorancia han tejido en nuestras cabezas, en este contexto, si los actos delictivos nos van a hacer crecer como individuos ¡cometamos crímenes mentales!
Una realidad que el libro de Orwell omite, y que quisiéramos que fuera ficción, es el castigo que el Gran Hermano de nuestro mundo otorga a todo aquel que sea visto como una amenaza, a aquellos que desean expresar la verdad y denunciar al corrupto, en el intento, solo consiguen unirse a cifras de atroces muertes, se exterminan para callarlos.
Como ven, la realidad de la obra de G. Orwell no está muy alejada a la que vivimos, pero estamos tan inmersos en ella que muchos ya no la perciben como algo dañino, es simplemente la vida que conocen, y como Winston menciona en una parte," quizá el pasado fue distinto, o quizá el futuro lo será", solo esperamos que aquellos vaporizados despierten del letargo en que se encuentran y dejen de ser dominados para empezar a pensar por sí mismos.
Buen comementario. (MB)
ResponderEliminarLa visión orweliana sigue presente hoy en día. La habitación 101 y la policía omnipresente hoy se catapulta con medios y gobiernos que controlan por todas las vías y todas la instituciones posibles.
¡Me imagino en la H-101 viendo el castigo de ver sabadazo!