Vivimos en un lugar dónde el pensar qué pasa al perecer no sirve de nada, simplemente por el hecho de que aunque estemos conscientes de lo que está mal o bien, somos parte de la población que no tiene derecho a opinar o alzar la voz, pues no será escuchada. Seguramente podremos hablar de eso entre nosotros, presentar nuestras inconformidades con nuestro grupo cercano y llorar nuestras penas, consolarnos en nuestras desgracias y aprender a olvidarlas o, esconderlas, sin importar lo que hagamos con ellas parece no haber remedio más que vivir con esa inconformidad. Pero ¿qué nos mantiene callados?, la opresión que nuestro pueblo sufre, el sometimiento al que estamos encadenados, el mismo en el que se encontraban los antepasados, no se si sea cuestión de costumbre o miedo, que la mayoría no se atreva a hacer algo para romper ese silencio, tratar de luchar; la lucha quizá ya se haya hecho, pero en vano, en este mundo donde solamente tienen el privilegio y fortuna de ser tomados en cuenta las personas apoderadas, con recursos, que llegan a su status através del pisoteo de los demás, de su dolor y sus tragedias.
La defensa de la palabra es un medio por el cual se puede llevar a cabo el cambio - y me refiero al gran cambio- cambio que ha sido anhelado por tanta gente desde hace mucho tiempo y que ahora nos resulta difícil de creer, pareciera que lo más cercano a el son las películas, los sueños y las ilusiones, que son fusilados conforme pasa el tiempo para llegar a toparnos con una cruel realidad. Pero será posible que por medio de la palabra el pueblo entero se levante, junte fuerzas y arme voz, se convierta en digno opositor de las altas clases sociales que no han hecho más que aprovechar su situación para desfavorecer a los demás (la pregunta de todos los tiempos a la que la mayoría ya le dio respuesta).
Ya todos sabemos que es una injusticia que mientras que la mayoría de las personas en América latina viven en las condiciones más deplorables, una pequeña fracción posea tanta riqueza que es ridícula. Quienes viven en la infortunia no tienen más que seguir con la cabeza agachada y utilizar medios de escape que en lugar de ser benéficos los trasladan a un oscuro porvenir, un porvenir que hoy vemos. Probablemente el lenguaje sea la única arma con la que se cuente, y el último recurso al que se puede recurrir, ahora todo se resume a el buen uso que le demos a la palabra.
Es la palabra con sentido y sentida. La palabra formada con la educación y la convicción del deber ciudadano. La voz de todos unida por la razón. (B)
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