De pequeños jugamos a ser grandes, en convertirnos en un ser poderoso que salva el mundo de todo mal, que no sufre y es indestructible, en ser la mamá más cariñosa para aquel viejo mono de trapo; creemos en un futuro sencillo y armonioso, llenos de esperanza y una hambre inmensa de vida.
Recuerdo mi infancia como la de cualquier otro niño, momentos de alegría y rabietas, los típicos juegos, nada complejo que fuera producto de las nuevas tecnologías -en comparación de los niños de hoy- pues mi sobrina de 6 años ya tiene una cuenta en Facebook y su primer celular le fue obsequiado hace 3 navidades; las cosas eran más sencillas, austeras quizá, encontraba entretenimiento en cosas simples, y si algo me era de especial agrado, era escribir. Creo que mis primeras redacciones, aunque infantiles y cursis, fueron cartas a mi mamá, las hacía sin ningún motivo y a todo momento, y más que por el hecho de expresar mi amor y admiración a esta figura, encontraba esa alegría que solo siente un niño al hacer algo que le gusta. Cuando descubrí la rima elaboraba algunos 5 o 6 versos, la idea de hacer sonar las oraciones de manera singular, y que aquello tuviera un sentido especial me era gratificante, después vinieron cuentos o simples pensamientos. Las palabras siempre ejercieron un poder sobre mí, la sola construcción de letras y su significado, inclusive empecé a leer el diccionario trazándome la meta de aprender por mínimo una palabra diariamente, aunque creo que nunca busqué las palabras, ellas llegaron a mi.
Al llegar el momento de escoger a lo que me dedicaría se presentó una confusión, pues aunque siempre había gustado de la escritura, por la sociedad, la familia, otras influencias externas o mismas confusiones de la adolescencia, no estaba segura que mi hobbie fuera lo suficientemente fuerte como para pasar el resto de mi vida haciéndolo, en aspectos de oportunidad de trabajo, solvencia económica, calidad de vida, etc. Veo que este ha sido el factor común para muchos de mis compañeros; en pláticas en convivencias sociales cuando surge el "¿Y tú que estudias?", decir ciencias de la comunicación es dar una idea a la persona de quién eres, una idea errónea la mayoría de las veces, por esta percepción que se tiene de que quienes optan por esa licenciatura son los que quisieron irse por el camino fácil, por el choro, o el chisme, asuntos superfluos, y si acaso les llega una ligera idea de periodismo. Pero aveces es así, todos conocemos al que se integra a la carrera por ser la que le dijeron resultaría más fácil, o porque les gustan las noticias del espectáculo, y esa es la única idea que proyecta el comunicólogo, al menos para aquellos que no saben lo que es ser un estudiante de las ciencias de la comunicación, pienso que la sociedad no se encuentra lo suficientemente informada al respecto, y en parte es por culpa del mismo comunicólogo, que no se empeña en limpiar su imagen y demostrar que es más que chismes, morbo y un intento de llegar a los reflectores; y con esa imagen será difícil llegar a una empresa y hacer ver que tenemos cualidades, aptitudes y habilidades que nos hacen valiosos. Puedo decir que no me arrepiento de haber elegido esta profesión, pues en este semestre más que en otros me doy cuenta de que es lo que se apega a mis intereses, que nadie busca tener ciertos gustos o habilidades, sino que cada persona está integrada por un paquete de herramientas, por decirlo así, que le permiten sentirse identificados con una u otra carrera, y aquel que se deja llevar por ese sentimiento más allá que por la influencia de los que no saben, ya se encuentra a la mitad del camino, lo demás corresponde al empeño y esfuerzo con el que se vaya desarrollando.
¡Ánimo compañeros!
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ResponderEliminar(MB)
ResponderEliminarExcelente comentario. Esperaría que muchos estudiantes de licenciatura opinaran de manera similar.